"No le hemos dado un euro a la banca"... Pero el Gobierno ya se prepara para hacerlo
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, aseguró ayer que no ha regalado dinero a las entidades financieras, sino que les ha respaldado. "No le hemos dado un euro a la banca", defendió. A pesar de estas palabras, el Ejecutivo ya tiene casi listo el instrumento que le permitirá entrar en el capital de las entidades financieras.
Esta es la noticia económica que más me ha llamado la atención hoy. No por su relevancia en el sistema económico del país, que la tiene y mucha, sino porque ya pensaba que no haría falta inyectar capital a la banca. No se si esta es una posición generalizada, pero me supongo que si lo es. Y tengo mis motivos para pensarlo: el Presidente Zapatero y el Ministro Solbes se han encargado de repetir innumerables veces que el sistema bancario español estaba entre los más saneados y fiables del mundo. Cierto, pero ¿aún así podrá hacer frente a la crisis? Si, claro que si; pero...dejamos una reserva para acudir al rescate, solo por si caso...Pues bien, según parece, ha llegado el momento de apoyar al sistema bancario.
Por otra parte, también es lógico pensar que los bancos necesitarían este apoyo, ya que aumenta enormemente el número de hipotecas dejadas de pagar, el índice de morosidad está por las nubes, etc. etc. Los bancos han recortado beneficios en este periodo, y por ello viene este apoyo, en este momento. Aún así, sus beneficios siguen por encima del 10 y del 15 por ciento.
Lo más inmediato de pensar es: si los bancos siguen ganando dinero, ¿por qué hay que apoyarlos económicamente? La mayoría piensa eso, según se puede leer en las cartas a los periódicos, foros, y en general, a cualquiera que le preguntes su opinión te dirá esto.
Realmente es más simple de lo que parece, o esto es lo pienso yo, si mi planteamiento es correcto. Los bancos son empresas; ni más ni menos. Son fundamentales para una economía, y son más complejos en cuanto a su forma de funcionar que la mayoría de las empresas (o no, según se mire), pero tienen el mismo objetivo básico común: maximizar sus beneficios. En palabras más coloquiales, si Danone, por ejemplo, vende yogures, BBVA vende dinero, y ambas empresas buscan obtener la máxima tajada con la venta de sus productos.
Una vez dejada clara esta concepción de los bancos, lo demás ya viene, digamos, rodado: una empresa que cada vez deja más dinero de ganar, desaparece del mercado. Con los bancos no sucede así de manera tan estricta porque su desaparición es más compleja. No dejan de existir porque aunque dejen de vender sus productos (hipotecas, créditos, etc.), tienen que seguir cumpliendo otra de sus funciones, quizá la más importante para el personal de a pie: custodiar el dinero de cada uno. Además, si el sistema bancario se para, es decir, dejara de ser una empresa rentable y desapareciera, como cualquier otra empresa normal, el resto del sistema económico también caería con él, a efecto arrastre, por la falta de financiación que sufrirían, nadie les vendería el dinero que necesitan para acometer inversiones.
En definitiva, los bancos no desaparecen porque, a mi modo de ver, son la base del sistema económico de una economía; porque si caen, el sistema en su conjunto cae con ellos, y con él el empleo, el crecimiento económico, y en última instancia, la sanidad, la educación y el resto de servicios públicos, provocando la ruina de la economía. Son los cimientos sobre los que se sustenta la moderna economía de mercado mundial, y por eso hay que "mimarlos". Es decir, si se atisba el mínimo indicio de que un banco va a reducir sus beneficios por debajo de lo que la dirección del propio banco espera, el Gobierno tiene que actuar para que el banco siga funcionando, y de este modo, la economía en general, también siga funcionando.
Es curioso de ver cómo los más interesados en la liberación de la economía, es decir, de la no intervención del Estado en aspectos económicos, ahora la piden a gritos para mantener sus millonarios benefecios.
martes, 27 de enero de 2009
miércoles, 21 de enero de 2009
La crisis de Miguel Sebastian
Esta mañana el ministro de industria, turismo y comercio, Miguel Sebastián, nos ha instado a todos los españoles a consumir productos nacionales, con el objetivo de aminorar los efectos de la actual crisis que estamos padeciendo en todo el mundo. Puntúa, que si cada familia realiza un gasto medio mensual de unos 150 euros, se pueden salvar 120.000 empleos cada mes. Hasta aquí todo parece de lo más lógico: si consumimos productos nacionales, las empresas nacionales mantienen sus ganancias (o las incrementan, según puede deducirse de las declaraciones), y con esto, se mantienen también los puestos de trabajo, e, incluso, se podrían crear, en caso de crecer las ganancias. Sin embargo, el problema intrínseco de la crisis en relación al mercado laboral es, en muchas ocasiones, otro: las empresas han disminuido sus ingresos con la crisis, eso es evidente, pero no han regulado sus puestos de empleo de acuerdo a ello. Más bien, se ha destruido más empleo del dinero que se ha dejado de ingresar. Por poner un ejemplo gráfico, supongamos que una empresa "x" por cada euro que deja de ganar ha de prescindir de un trabajadoror; si la empresa ha visto sus ingresos minados en 50 euros, no ha despedido a 50 empleados, sino a 70 o más, en la mayoría de los casos. ¿Por qué? Por las expectativas, podría ser: al esperar que meses después las ganancias serán de 70 euros menos, directamente prescindimos de 70 trabajadores de una vez que de 50 primero y 20 después. Sin embargo, pienso que no se debe exclusivamente a esto, si bien es también una explicación que encajaría con la situación. Lo que yo pienso está más relacionado con la productividad, y con la productividad marginal; según esto, cualquier empresa, con cada nueva contratación de un trabajador más, percibe menos producto total, lo que se traduce en menos ingresos. Es decir, si una empresa tiene 2 trabajadores que producen 10 unidades de producto, cada trabajador produce de media 5 unidades; esta empresa, al contratar un nuevo trabajador producirá 12 unidades, de media 4 unidades por trabajador.
En relación a lo expuesto anteriormente, las empresas, bajo mi punto de vista, despiden a más trabajadores de lo "necesario" por una sencilla cuestión: de este modo aumenta su productividad media por trabajador. Por esta misma cuestión la crisis tendrá una etapa post-crisis: las empresas se resistirán a contratar más trabajadores cuando recuperen su nivel de ingresos digamos, habitual; si antes una empresa empleaba a 100 trabajadores, y con la crisis su plantilla ha pasado a ser de 60, tras ésta, su plantilla, salvo crecimiento desmesurado, estará por debajo de los 100 anteriores a a crisis, en un intento de mantener la productividad media que sus trabajadores han logrado con la crisis; intento que con seguridad será en vano. Por ello, más adelante, la propia empresa recuperará la normalidad, y su plantilla será de nuevo de 100 trabajadores, ya que cuando el periodo de crisis termine, los trabajadores ya no estarán dispuestos a mantener la productividad media que están registrando en el mismo, ya que su situación de incertidunbre con respecto a su puesto de trabajo será mucho menor.
En definitiva, está bien lo de consumir producto nacional con el fin de ayudar a la industria y empresa españolas, pero también habría que tener en cuenta que, muy posiblemente, las empresas no contraten a más personal porque aumenten sus ingresos en el corto plazo, y que hasta el año que viene (cuando se prevé que acabe la crisis) no se creará más nuevo empleo. Si bien no se destruirá más.
En relación a lo expuesto anteriormente, las empresas, bajo mi punto de vista, despiden a más trabajadores de lo "necesario" por una sencilla cuestión: de este modo aumenta su productividad media por trabajador. Por esta misma cuestión la crisis tendrá una etapa post-crisis: las empresas se resistirán a contratar más trabajadores cuando recuperen su nivel de ingresos digamos, habitual; si antes una empresa empleaba a 100 trabajadores, y con la crisis su plantilla ha pasado a ser de 60, tras ésta, su plantilla, salvo crecimiento desmesurado, estará por debajo de los 100 anteriores a a crisis, en un intento de mantener la productividad media que sus trabajadores han logrado con la crisis; intento que con seguridad será en vano. Por ello, más adelante, la propia empresa recuperará la normalidad, y su plantilla será de nuevo de 100 trabajadores, ya que cuando el periodo de crisis termine, los trabajadores ya no estarán dispuestos a mantener la productividad media que están registrando en el mismo, ya que su situación de incertidunbre con respecto a su puesto de trabajo será mucho menor.
En definitiva, está bien lo de consumir producto nacional con el fin de ayudar a la industria y empresa españolas, pero también habría que tener en cuenta que, muy posiblemente, las empresas no contraten a más personal porque aumenten sus ingresos en el corto plazo, y que hasta el año que viene (cuando se prevé que acabe la crisis) no se creará más nuevo empleo. Si bien no se destruirá más.
miércoles, 14 de enero de 2009
Año nuevo, precios nuevos
Vuelta de vacaciones de navidad, unos días en que hemos pasado olímpicamente de la crisis, y hemos regalado, comido, bebido, y salido más de lo que nuestra maltrecha economía a muchos nos permite. Ahora llega enero, y la cuesta este año parece que va a ser más dura que la subida de un puerto de montaña en bicicleta con 40 grados a la sombra.
Además, este mediodía he visto en las noticias que la cajetilla de tabaco experimenta una nueva subida de 15 céntimos de euro más, en las marcas comercializadas por las compañías Phillip Morris y Altadis, es decir, prácticamente todas. Con esta nueva subida el precio medio de la cajetilla se sitúa por encima de los 2,50 euros. A 13 céntimos el cigarro, vamos. Poca consciencia hay de que cada cigarro son 3 chicles, o de que con 3 0 4 cajetillas (lo que se puede consumir tirando a la baja en una semana) se podría salir a cenar o al cine. En definitiva, no se tiene consciencia de lo caro que es el tabaco, y del coste de oportunidad que acarrea su consumo en detrimento de otros bienes o servicios.
Pues bien, ahora que la crisis lleva instalada un tiempo, y parece que va a quedarse con nosotros al menos durante todo este recién estrenado año, éste empieza como siempre, con subidas de precio en todo. El invento de las rebajas es el placebo perfecto que permite camuflar esta tremenda subida de la luz, el agua, el gas, el transporte público (la más injustificada de todas, a tenor del precio del combustible y la subida de precio del pasado verano, esgrimiendo esa misma razón), y ahora, también del tabaco. Como decía, las rebajas hacen que nos olvidemos de esta subida que estrujará nuestros bolsillos más aún si cabe. Pensando, el día de año nuevo los titulares de los noticieros diarios son precisamente estas subidas de precio, pero enseguida se olvida con las imágenes de celebración del año nuevo. Además, muchos estaríamos comiendo (o durmiendo la resaca de nochevieja, otros muchos) y no veríamos el noticiario. Los pocos que se dan cuenta de la subida, enseguida dejan de pensar en ella mientras hacen el presupuesto de las compras que van a hacer en las rebajas.
¿Imaginamos que pasaría si estas subidas se produjeran a mitad de año, en mayo, por ejemplo? Sucedería que la gente se enteraría y analizaría, aunque fuera mínimamente la repercusión de la noticia, y se armaría una buena. Pero el mundo seguiría girando, y a los dos días volveríamos a la normalidad.
Por esto las empresas se hacen grandes y los monopolios son tan indeseables: porque una empresa monopolista u oligárquica puede fijar el precio que le venga en gana, y a nosotros, los humildes consumidores, no nos queda otra que apechugar. Por eso, ante las subidas de precio monopolistas (agua) y oligárquicas (gas, luz, tabaco, en estas circuntancias) no podemos hacer nada. Al menos nos suavizan la noticia y nos cuelan a caballo entre un periodo festivo y las rebajas, para que no reparemos en ello. Ya reparará nuestro bolsillo, cuando tengamos que prescindir de salir a cenar o al cine, que también suben, lo que pasa es que su repercusión es, si cabe, menos mediática; muchísimo menos.
Además, este mediodía he visto en las noticias que la cajetilla de tabaco experimenta una nueva subida de 15 céntimos de euro más, en las marcas comercializadas por las compañías Phillip Morris y Altadis, es decir, prácticamente todas. Con esta nueva subida el precio medio de la cajetilla se sitúa por encima de los 2,50 euros. A 13 céntimos el cigarro, vamos. Poca consciencia hay de que cada cigarro son 3 chicles, o de que con 3 0 4 cajetillas (lo que se puede consumir tirando a la baja en una semana) se podría salir a cenar o al cine. En definitiva, no se tiene consciencia de lo caro que es el tabaco, y del coste de oportunidad que acarrea su consumo en detrimento de otros bienes o servicios.
Pues bien, ahora que la crisis lleva instalada un tiempo, y parece que va a quedarse con nosotros al menos durante todo este recién estrenado año, éste empieza como siempre, con subidas de precio en todo. El invento de las rebajas es el placebo perfecto que permite camuflar esta tremenda subida de la luz, el agua, el gas, el transporte público (la más injustificada de todas, a tenor del precio del combustible y la subida de precio del pasado verano, esgrimiendo esa misma razón), y ahora, también del tabaco. Como decía, las rebajas hacen que nos olvidemos de esta subida que estrujará nuestros bolsillos más aún si cabe. Pensando, el día de año nuevo los titulares de los noticieros diarios son precisamente estas subidas de precio, pero enseguida se olvida con las imágenes de celebración del año nuevo. Además, muchos estaríamos comiendo (o durmiendo la resaca de nochevieja, otros muchos) y no veríamos el noticiario. Los pocos que se dan cuenta de la subida, enseguida dejan de pensar en ella mientras hacen el presupuesto de las compras que van a hacer en las rebajas.
¿Imaginamos que pasaría si estas subidas se produjeran a mitad de año, en mayo, por ejemplo? Sucedería que la gente se enteraría y analizaría, aunque fuera mínimamente la repercusión de la noticia, y se armaría una buena. Pero el mundo seguiría girando, y a los dos días volveríamos a la normalidad.
Por esto las empresas se hacen grandes y los monopolios son tan indeseables: porque una empresa monopolista u oligárquica puede fijar el precio que le venga en gana, y a nosotros, los humildes consumidores, no nos queda otra que apechugar. Por eso, ante las subidas de precio monopolistas (agua) y oligárquicas (gas, luz, tabaco, en estas circuntancias) no podemos hacer nada. Al menos nos suavizan la noticia y nos cuelan a caballo entre un periodo festivo y las rebajas, para que no reparemos en ello. Ya reparará nuestro bolsillo, cuando tengamos que prescindir de salir a cenar o al cine, que también suben, lo que pasa es que su repercusión es, si cabe, menos mediática; muchísimo menos.
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